El domingo del Lollapalooza Argentina dejó más que una seguidilla de shows: expuso, otra vez, qué tipo de evento es y por qué funciona. Con cerca de 100 mil personas en el predio, calor sostenido durante la tarde y un cierre que encontró al público todavía en movimiento entre escenarios, el festival combinó espectáculo, rock, electrónica y momentos de pausa obligada, como la interrupción del show de Doechii, que reabrió discusiones en redes sobre cómo se vive —y cómo algunos pretenden que se viva— una experiencia masiva.
En ese contexto, el tramo central del día ofreció una postal bastante precisa del espíritu del festival. De un lado, Sabrina Carpenter desplegó en uno de los escenarios principales un show que por momentos se acercó más a un musical de Broadway que a un recital tradicional, con una puesta calibrada al detalle, coreografías, carisma y una voz que sostuvo cada pasaje. Del otro, a pocos minutos de distancia, Ratones Paranoicos apostó por el camino inverso: rock and roll directo, sin rodeos, pero ejecutado con precisión. Cada uno con sus opciones; este cronista eligió un poco de cada una.
Ese ida y vuelta también explica por qué pensar el Lollapalooza en los mismos términos que un recital puntual suele ser un error. No solo por la duración o la estructura de los shows, sino por la lógica misma del recorrido. Mientras hacia el final de su set Interpol tocaba “PDA”, el movimiento natural fue empezar a alejarse del escenario en busca de otro clima. A los pocos metros, en medio de ese tránsito constante, una pareja compartía una pizza individual y un pancho sentados sobre el pasto. Quizás después le esperaba una vuelta larga a casa o un lunes temprano. En ese momento, no importaba. En escenas así —mínimas, casi invisibles— también se explica cómo el festival logró instalarse con fuerza en el país.
Ratones Paranoicos
Un festival que no se recorre: se transita
Dentro de esa lógica, también aparece otro clásico de cada edición: el de los artistas que, desde horarios más tempranos, empiezan a construir su regreso futuro. Este año, ese lugar lo ocupó Viagra Boys. La banda sueca ofreció un show demoledor que confirmó su presente y los posiciona como uno de los nombres que están renovando el sonido del rock, combinando crudeza y sofisticación en partes iguales. De esos sets que funcionan como carta de presentación para algo más grande.
Viagra Boys
Más cerca del cierre, el festival volvió a apoyarse en nombres que ya son parte de su ADN. Deftones aportó solidez y una dosis necesaria de metal alternativo noventoso en horario central, dialogando con una parte del público que busca intensidad y descarga. En esa misma línea, la presencia de Interpol refuerza una constante: las bandas que revitalizaron el rock a comienzos de los 2000 siguen ocupando un lugar clave en estos eventos, como ya ocurrió en su momento con The Strokes en ediciones anteriores.
Deftones
Pero si hubo un momento que excedió lo estrictamente musical fue lo ocurrido durante el show de Doechii. La interrupción de entre 10 y 15 minutos para aliviar la presión en el campo —con decisión de la organización y colaboración de la artista— generó rápidamente reacciones en redes, donde no faltaron quienes intentaron imponer supuestas “reglas” sobre cómo moverse o comportarse en este tipo de eventos. Lo cierto es que, más allá de esas lecturas, la situación se resolvió como correspondía y el show pudo continuar.
Ahí aparece uno de los puntos centrales: la seguridad del público como prioridad no debería ser materia de discusión. Sin embargo, cada edición parece reabrir el mismo debate. En este caso, con un antecedente relativamente cercano dentro del propio festival, cuando Nicki Nicole interrumpió su show en 2022 con apenas 21 años para ordenar la situación en el campo. Porque, aunque algunos prefieran discutir protocolos desde afuera, la experiencia indica que actuar a tiempo no es una opción sino una necesidad. Y en un país con antecedentes demasiado recientes en materia de shows masivos, la prevención no debería explicarse: debería asumirse.
Doechii
En definitiva, el Lollapalooza funciona mejor cuando se lo entiende como lo que es: una experiencia abierta, atravesada por múltiples recorridos posibles, donde conviven el espectáculo más producido, el rock más directo, la exploración de nuevos nombres y hasta esos momentos en los que no pasa “nada” y, sin embargo, pasa todo. Pretender ordenarlo bajo reglas rígidas o miradas únicas no solo lo simplifica: también expone la necesidad de encasillar algo que, justamente, funciona porque se escapa de cualquier molde. Y en ese desorden —incómodo para algunos— está, justamente, buena parte de su éxito.
Perrys
